SALVOS POR BONDAD Y AMOR.
Tito 3:4 ... Cuando Dios nuestro Salvador dio a conocer su bondad y amor, 5 él nos salvó, no por las acciones justas que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia. Nos lavó, quitando nuestros pecados, y nos dio un nuevo nacimiento y vida nueva por medio del Espíritu Santo. 6 Él derramó su Espíritu sobre nosotros en abundancia por medio de Jesucristo nuestro Salvador. 7 Por su gracia él nos declaró justos y nos dio la seguridad de que vamos a heredar la vida eterna. NTV.
La salvación de la condenación eterna, no surge de la búsqueda del hombre, más bien, surge de la autorrevelación de Dios. Su naturaleza misma de bondad, amor y misericordia por la humanidad pecadora es el motor. El contraste es intencional y absoluto: no por las acciones justas que los hombres hayan hecho, sino por su infinita misericordia. El hombre debido a sus delitos y pecados estaba en una completa desgracia, su vida estaba destinada a una eternidad de sufrimiento en el lago de fuego, lejos de la presencia de Dios. Pero la misericordia activa de Dios, actuó en favor del hombre pecador y le liberó de esa desgracia, lo rescató de la condenación y le dió la posibilidad de que pueda vivir su eternidad junto a Él en el reino de los cielos. Por eso el hombre nunca tendrá un mérito al alcanzar la salvación, sino que el mérito siempre será de Dios.
La salvación no es una recompensa por mérito alguno, ni una transacción comercial donde el ser humano ofrece algo a cambio. Al contrario, Dios actúa movido por su propia naturaleza amorosa, independientemente de nuestras acciones. Esta es una verdad revolucionaria que desafía la lógica humana, acostumbrada a sistemas de mérito y reciprocidad. Dios ama no porque el hombre sea digno de amor, sino porque su esencia es amor. Dios por su misericordia, no simplemente perdona al pecador, sino que actúa para remediar la situación del pecador. Dios no perdona de manera abstracta, sino que remueve, limpia y elimina el pecado del hombre. Es como si Dios sumergiera al pecador en aguas purificadoras que restauran su dignidad y le devuelve a un estado de inocencia espiritual.
Dios por su misericordia da al hombre un nuevo nacimiento y vida nueva por medio del Espíritu Santo. Esta no es una simple reforma moral o mejora personal, sino un renacimiento radical. Cuando el creyente acepta a Cristo, tiene un nuevo nacimiento, comienza desde cero, pero esta vez con una naturaleza renovada. El antiguo yo, atrapado en el pecado y la separación de Dios, muere, y surge un nuevo ser, reconciliado con su Creador. Este renacimiento es obra del Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad. El Espíritu no es una fuerza impersonal, sino el agente activo de la transformación espiritual. Es el Espíritu quien convence de pecado, quien regenera el corazón humano, quien capacita para la nueva vida. Sin su acción, la salvación permanecería como una verdad teórica sin poder transformador.
La vida nueva que ofrece Cristo no es meramente una extensión de la vida anterior, sino una existencia cualitativamente diferente. Es vida en comunión con Dios, vida caracterizada por la paz, el propósito y la esperanza. Es vida que trasciende los límites de la mortalidad física, anticipando la eternidad. Con esta nueva vida, el creyente es declarado justo en la presencia de Dios y tiene la seguridad de que heredará una vida eterna en el reino de los cielos. Esta vida eterna no es simplemente una extensión infinita de la vida presente, sino una existencia superior. Es comunión sin fin con Dios, ausencia de dolor y sufrimiento, plenitud de alegría y paz. Es la restauración completa de la relación entre Dios y la humanidad, rota por el pecado.
Queridos hermanos. El hombre no es salvo por lo que haya hecho, sino por lo que Dios ha hecho. El hombre no es amado porque sea digno, sino porque Dios es amor. Esta es la buena noticia del evangelio: que la salvación es un regalo gratuito,
